Se besaban con ansia, se devoraban. Estaban en la pequeña habitación de la pensión, de luz mortecina. Las manos. Las manos de él la envolvían y enloquecían. Su boca, su cuerpo, tenían un sabor distinto.
Se dejaban llevar por la piel y los sentidos, la ropa voló sin ningún esfuerzo y sus cuerpos se enredaron mojados en pasión. Él sobre ella, le envolvía llevándole al cielo, enseñándole un nuevo placer desconocido, mientras ella, en pleno ritual del olvido, derramaba las últimas lágrimas por el amor que había sido ultrajado.
Después se hizo el silencio, un silencio oscuro. Luego el sueño, y más tarde él dibujaba en la espalda de ella un mapa con el dedo, mientras le susurraba.
-¿Sabes? He estado pensando… he recordado una ciudad, quisiera llevarte allí, quisiera que ésta historia hubiera sucedido allí…
-¿Cómo es ese lugar?
-No es una gran ciudad, es silenciosa, te transporta a otra época. A una época de princesas castellanas que se arrojaban de torreones en pos de la muerte. De reinas que enloquecían de amor, de trovadores y caballeros andantes… Tú serías mi princesa atrapada en el torreón, yo te rescataría.
-No puedo serlo. Y tú no eres un caballero andante sino un trovador.
Se volvió y le besó agarrándole por la nuca, como para retenerlo sobre sus labios, como si bebiera de su boca. Ahora solo quería estar perdida en él.

